Introducción
Las semillas constituyen uno de los pilares irremplazables de la producción de alimentos. Las/os agricultoras/es de todo el mundo son muy conscientes de ello desde hace siglos. Se trata de un acuerdo universal y básico que todas/os las/os agricultoras/es comparten. Salvo en aquellos casos en los que han sufrido agresiones externas o circunstancias extremas, prácticamente todas las comunidades agrícolas saben guardar, conservar y compartir las semillas. Millones de familias y de comunidades agrícolas han trabajado para crear cientos de cultivos y miles de variedades de cultivos. El intercambio habitual de semillas entre las comunidades y los pueblos ha permitido que los cultivos se adapten a diferentes condiciones, climas y topografías. Esto es lo que ha permitido que la agricultura se extienda, crezca y alimente al mundo con una dieta variada.
Sin embargo, las semillas también han sido la base de procesos productivos, sociales y culturales que han dotado a las poblaciones rurales de una habilidad obstinada para mantener cierto grado de autonomía y negarse a ser completamente controladas por las grandes empresas y el gran capital. Desde el punto de vista de los intereses de las empresas que se esfuerzan por tomar el control de la tierra, de la agricultura, de la alimentación y el gran mercado que representan, esta independencia supone un obstáculo.
Desde la Revolución verde, las empresas han desplegado una serie de estrategias para lograr este control: la investigación agrícola y los programas de expansión, el desarrollo de cadenas mundiales de materias primas y la ampliación masiva tanto de la agricultura de exportación como del agronegocio. La mayoría de las/os agricultoras/es y pueblos indígenas han resistido a esta apropiación y continúan haciéndolo de maneras diferentes.
Las leyes sobre semillas que promueve la industria se caracterizan actualmente de la siguiente manera:
a) Evolucionan constantemente y son cada vez más agresivas. A través de
nuevas olas de presión política y económica (especialmente a través de
los llamados tratados de libre comercio, los tratados de inversión
bilaterales y las iniciativas de integración regional) todas las formas
«suaves» de los derechos de propriedad sobre las semillas han sido
endurecidas y continúan siendo cada vez más restrictivas y a un ritmo
cada vez mayor. Las leyes sobre semillas y la protección de obtenciones
vegetales son revisadas continuamente para ser adaptadas a las nuevas
exigencias de la industria semillera y la biotecnología.
b) Las leyes que ceden derechos de propriedad sobre las semillas se han
visto reforzadas por otras normativas que se supone deben garantizar la
calidad de las semillas y la transparencia del mercado además de evitar
falsificaciones, entre otras. Estas otras normativas incluyen la
certificación de semillas, la comercialización y las normas sanitarias.
Con ellas, empieza a ser obligatorio que, por ejemplo, las/os
agricultoras/es adquieran o utilicen únicamente semillas comerciales
adaptadas a la agricultura industrial, o que suponga un delito
entregarle semillas a tu hija/o o intercambiarlas con un/a vecino/a. El
resultado es que las ferias e intercambios de semillas (que son una
creciente forma de resistir a estas leyes) comienzan a ser ilegales cada
vez en más países.
c) Al reforzar la privatización, estas leyes ignoran los principios
básicos de justicia y libertad y violan de manera directa la Declaración
Universal de Derechos Humanos. Las leyes sobre semillas han impuesto
como norma asumir la culpabilidad de cualquier persona que sea acusada
de no respetar los derechos de propriedad sobre las semillas, tirando
por la borda el principio de que las personas son inocentes hasta que se
demuestre lo contrario. En algunos casos, se pueden tomar medidas
contra el/la infractor/a acusado/a sin que se le comuniquen los cargos.
Estas leyes sobre semillas están logrando que incluso sea obligatorio
denunciar a las/os presuntas/os cómplices, legalizando por tanto los
registros y la incautación de semillas ante una mera sospecha (incluso
sin que sea necesaria una orden judicial) y permitiendo que sean
agencias privadas quienes lleven a cabo estos controles.
d) Estas normativas son redactadas de manera imprecisa y con un
lenguaje incomprensible y contradictorio, dejando demasiado margen para
su interpretación. En la mayoría de los casos, las leyes pasan por las
cámaras legislativas en secreto o a través de acuerdos internacionales
que no se pueden debatir a escala nacional ni local.
La experiencia demuestra que cuando la falta de información y el
secretismo para impulsar dichas leyes es contrarrestada por las campañas
de información y la movilización de organizaciones sociales, la gente
no quiere estas leyes. La mayoría de las personas rechazan la idea de
que una empresa pueda apropiarse de una variedad vegetal y prohibir a
las/os agricultoras/es que reproduzcan sus propias semillas. Se trata de
algo completamente absurdo. La gente por lo general tampoco suele estar
de acuerdo con que el trabajo que hacen las/os agricultoras/es para
alimentar el mundo deba, de pronto, pasar a constituir un delito. Cuando
la resistencia ha sido lo suficientemente fuerte, se ha logrado parar
el expolio jurídico que estas leyes pretenden conseguir.La experiencia demuestra así mismo que quienes pretenden privatizar, monopolizar y controlar las semillas en nombre de las grandes empresas multinacionales no tienen límites. No existe la posibilidad de negociar, hacer concesiones o alcanzar acuerdos mutuos de manera que puedan coexistir de manera pacífica los diferentes intereses. La agenda de las empresas consiste en que resulte imposible para las/os agricultoras/es tener semillas y por tanto que sean dependientes de las semillas que han comprado.
De igual forma, la experiencia nos muestra que es posible resistir y desmantelar estos ataques. Sin embargo, esto requiere de herramientas de información y socialización que permitan disipar el humo de falsas promesas y palabras bonitas, con el fin de que la gente realmente vea lo que se esconde tras las leyes sobre semillas. Este cuaderno quiere ayudar a que este trabajo sea posible.
1. Las leyes sobre semillas ilegalizan a las/os agricultoras/es
El desplazamiento de las semillas campesinas constituye un proceso que ha ido ganando terreno y velocidad en todo el mundo durante las últimas décadas. En el siglo XX, cuando el cultivo de plantas y la producción de semillas pasaron a conformar actividades separadas de la agricultura, las variedades campesinas fueron poco a poco reemplazadas por las variedades industriales. En Europa y América del Norte, este proceso tuvo lugar a lo largo de varias décadas y fue impulsado por nuevas tecnologías como el desarrollo de los híbridos. En Asia, África y América Latina, comenzó después de los años 60, cuando los llamados programas de desarrollo impulsaron los cultivos «de alto rendimiento» y el uso de insumos químicos (la denominada Revolución verde). En los últimos veinte años estamos siendo testigos de una situación nueva, en la que se está desatando una agresiva ola de leyes sobre semillas, a menudo en nombre del «libre comercio», con el fin de paralizar casi todas las actividades que llevan a cabo las/os agricultoras/es con sus semillas.
Estas nuevas leyes sobre semillas reflejan el creciente poder de la industria alimentaria y agrícola. Hasta la década de los años 70, se desarrollaron y distribuyeron nuevos tipos de variedades de cultivo por parte de las empresas estatales, los pequeños establecimientos de semillas y los organismos públicos de investigación. Desde entonces, hemos sido testigos de un proceso masivo en el que las grandes empresas han tomado las pequeñas y en el que los programas públicos han dejado paso al sector privado. En estos momentos, solo 10 empresas representan el 55% del mercado mundial de semillas. Y el poder de los lobbies de estos gigantes (como Monsanto, Dow o Syngenta) es muy grande. El resultado es que han logrado imponer medidas restrictivas que les facilitan un control monopólico.
Al mismo tiempo, vemos que en casi todos los lugares se está respondiendo al poder de la industria.
Estas respuestas se expresan de muchas formas diferentes e incluyen organizarse y crear movilizaciones masivas, hacer frente a la publicidad falsa que afirma que estas leyes sobre semillas son necesarias o que responden a los intereses de la población, la intervención mediática, la educación en los centros de enseñanza y en los lugares de culto, el teatro callejero, la desobediencia civil para desafiar las leyes injustas y lo más importante, el trabajo diario de continuar desarrollando sistemas de agricultura campesina y de pequeña escala. Estos sistemas incluyen no solo las semillas y plantas nativas o locales sino también la tierra, los territorios de las culturas y modos de vida de las poblaciones rurales. La experiencia demuestra que cuando este poder de oposición que defiende las semillas campesinas es fuerte, otras formas de protesta ya sea en los tribunales o en los parlamentos pueden suspender o cuestionar las leyes negativas. Dado el poder y los intereses que están en juego, la lucha contra las leyes sobre semillas no logra el éxito en una sola batalla. Por el contrario, se trata de una pelea continua para defender la agricultura campesina y la soberanía alimentaria en su conjunto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario